Porque no hay nada mejor que escribir (desde el tendido de los sastres) y torear (desde esa gran plaza que es la vida)

17 marzo 2017

ENTRE RECORTES CON TOROS Y RECORTADORES CON ANILLAS*

No es muy habitual que en revistas como ésta se teorice sobre festejos taurinos populares, pero siendo “Afición” una de las publicaciones taurinas más importantes de Castellón, la provincia donde más festejos populares se hacen de toda España, no está de menos referir algún tema que, no solo no es menor, sino que a mi parecer debería centrar ahora mismo el debate entre los amantes a dichas modalidades.

Obviamente, como “Afición” va ligada a la Feria de la Magdalena no quiero tratar estos festejos desde su vertiente más conocida, la del toro en la calle, sino su trasposición a las plazas mayores; es decir, su plasmación en concursos de recortes con toros (para los neófitos: aquellos festejos en que, individualmente, el lidiador debe recortar -o cortar- la embestida de un toro cerril a cuerpo limpio por turnos del modo más lucido posible) o de recortadores con anillas (festejos en que, por parejas, se debe recortar una vaca no cerril a cuerpo limpio durante tres minutos para lograr colocar en sus cuernos el mayor número de anillas) como las formas más representativas en las que el hombre -y cada vez más, la mujer- se enfrentan a un astado.

La consagración de los concursos de recortes en plazas como Castellón o Valencia ha llegado a su punto climático tras los últimos quince años. Desde mediados de la primera década de siglo hasta hoy, no solo han crecido en público -y fidelizado a los más jóvenes como no lo ha hecho la lidia ordinaria- sino que ha hecho aumentar exponencialmente el número de recortadores practicantes y la calidad de sus actuaciones. Tanto ha sido así, que es un hecho que en algunas ferias como las de la Plana son estos festejos los que por su aforo cuadran -en más de una ocasión, y en cierta medida- las cuentas generales de los empresarios. Es por esto que empresas externas, o instituciones como ayuntamientos y diputaciones, han visto en estos eventos un filón de promoción. Esta nueva Magdalena 2017 no será una excepción y, de nuevo, los patrocinios privados e institucionales se rastrean en la cartelería de los mismos.

Tras esto, lo llamativo en primer lugar y tocando lo organizativo, es el hecho de que en estos últimos años los concursos de recortadores con anillas por su parte, hayan sido borrados del mapa. Dicen que no son rentables -y así será- pero llama mucho la atención porque se entiende que el espíritu de la subvención de una actividad -sobre todo si es de origen público- no debe ser para sumar más ganancias de las ya de por sí sabidas, sino que debe agregarse en favor de que la actividad menos popular no se pierda, compensándose desde el erario su menor expectación y, por tanto, compensando la menor ganancia empresarial. Advirtiéndose de otro modo: ¿debería subvencionarse una iniciativa empresarial que solo programe festejos de éxito? Es decir: ¿es lícito que se subvencione públicamente una empresa que no reinvierte ese dinero en fomento de los festejos menos populares? De Perogrullo son las respuestas.

En segundo lugar -y entrando ahora en cuestiones intrínsecas al festejo- también llama la atención que, como se constata, un concurso de recortes con toros cerriles tenga más audiencia que uno de recortadores de vacas con anillas. Como es lógico no vamos a entrar en los gustos de quienes pagan una entrada, ni mucho menos censurar lo que quiera consumir o no el gran público, pero es destacable que incluso el aficionado conspicuo se ha dejado llevar por esta inercia. Y lo es porque, a vistas claras, si la tauromaquia como espectáculo se ha fundamentado desde su origen en la casta de sus reses y en el valor y mérito de sus lidiadores, un concurso de anillas está muy por encima en dos de estos aspectos de uno de recorte libre. No voy a detenerme en analizar el por qué es ésta la realidad del público en la Comunidad Valenciana -que no en otras regiones-, pero destaca sobremanera el papel de los mass-media en esta prioridad. Sí me interesa en cambio repasar por qué una es más excelente que otra.

No vamos a discutir el aspecto del valor de los lidiadores porque éste se presupone. Enfrentarse a un bicorne requiere valor, si bien todos sabemos que muchas veces la falta de valor se compensa con recursos. Todo recortador tiene valor, mucho valor. Pero otra cuestión es el mérito. Es indiscutible también que a igual valor en dos toreros, no es igual de meritorio torear –por sus distintivos modos de embestir- un Juan Pedro Domecq que un Cuadri. Aunque fueran ambos toros muy enrazados. Del mismo modo jamás puede ser igual de meritorio enfrentarse a un toro de cuatro o cinco años que solo ha visto campo en toda su vida para realizarle un recorte, que enfrentarse a una vaca de diez años con acreditada experiencia en los concursos. Es más, los comportamientos de las vacas de concurso son bastante conocidos y, quienes les disputan las anillas, fácilmente conocen las bicornes: conocen sus querencias y sus resabios; sus virtudes y sus facilidades; sus famas y sus peligros... pero no por ello son más sencillas de sortear. Algunas parejas saltan al ruedo sabiendo lo imposible de anillar la vaca que les ha tocado en suerte; eso de por sí es ya un mérito.

Partamos pues de la base de que un espectáculo de recortadores presenta por lo general menos dificultades a los actuantes respecto a la materia prima y, por tanto, les resta mérito frente a los recortadores con anillas. Esta observación se acrecienta si analizamos como cada vez de modo más habitual, las suertes que se practican sobre los toros cerriles son suertes que esquivan, más que suertes que torean. Quiero decir: si en un concurso de anillas no hay modo alguno de ocultar que torear a ley las vacas implica atacarlas de poder a poder, en uno de recorte libre la multiplicación de suertes te da la opción de sortear los toros de un modo más comprometido, o de un modo más aliviado. Si extrajéramos estadísticas de las mayoría de los concursos de cortes que se hacen en la Comunidad Valenciana veríamos que claramente destaca la práctica de quiebros, saltos o similares, frente al corte puro; en resumen, se practican más las suertes que esquivan la embestida del toro, que aquellas que se enfrentan y superan con mayor mérito el hachazo del cornúpeta. El recorte puro requiere toreo: conocimiento medido de los terrenos, mesura de las querencias, temple en el cite y perfecta coordinación en el embroque. Un quiebro o un salto evita la cornada, no más. Y esto no lo digo yo, Pepe Illo ya lo dejó por escrito a finales del siglo XVIII.

Concluyendo queda claro que los recortadores con anillas son un espectáculo más íntegramente tauromáquico, por cuanto ejemplifica mejor los valores originarios del arte: casta, valor y mérito. E incluso concluyamos que dentro del de recortes, hay una gran diferencia entre los ejecutados de un modo puro –menos habitual- que de otro que no lo sea –aún mayoritario.

Si tuviéramos que volver de nuevo sobre por qué siendo así, es en cambio el recorte libre el que mayor público congrega, apuntaríamos ahora a colación otra nueva razón –tras los mass-media que habíamos argumentado arriba-: el disfrute pleno de las anillas y del corte puro requieren una experiencia intelectiva, es decir, requieren conocimientos y reflexión para su análisis; mientras que el recorte libre ha quedado en un mero espectáculo esteticista. Y eso abriría otro debate.


*El presente artículo ha sido publicado originalmente sobre papel en la revista "Afición", editada por el Club Taurino de Castellón para la Magdalena 2017.

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