Porque no hay nada mejor que escribir (desde el tendido de los sastres) y torear (desde esa gran plaza que es la vida)

14 septiembre 2015

LO PEDAGÓGICO DE LA HISTORIA (Y QUE LOS MEDIOS, ENTRE OTROS, NO VEN)

No hay día que en prensa de papel, televisiva, radiofónica o de Internet, no se cite y recuerde a colación de su aniversario alguna efeméride o pasaje histórico habitualmente conocido por los lectores u oyentes. Especialmente es de interés cuando ese recordatorio es captado por los nuevos espectadores que, por edad, les queda lejos la propia cita, su importancia y significado. No es menos cierto que en el roto panorama mediático español, tan polarizado y falto de criterios objetivos, estos recordatorios muchas veces se destacan con desigualdad y, bajo el amparo ideológico que ciega las conciencias, a veces incluso pasa inadvertido. O doblemente subrayado.

Por cierto, esa particular visión instrumental de la historia es la que más daño le hace a la disciplina. Todo ello se enfatiza cuando fruto más de un debate tombolero que de un conocimiento propio de la hermenéutica, se vulgariza la opinión y se da por buena toda observación. Las humanidades parece ser que son ese tipo de disciplinas de las que todo el mundo tiene carta blanca para tratar. Nadie que no sea competente en la materia le discute a un médico su diagnóstico, pero bajo el amparo de la libertad de opinión –como si en Historia la opinión no se fundamentara también en su metodología- cualquiera puede hacer una valoración histórica.

Dicho esto centrémonos en lo que no hacen los medios y se torna en fundamental cuando tratan alguna de estas citas y aniversarios.

Los que nos dedicamos a la historia no solo desde la faceta investigativa, sino desde el punto de vista de su docencia, deberíamos tener claro que, hacer historia, no sirve para nada si no hacemos que el hecho histórico empatice con nuestro presente. Tradicionalmente se explica –y es obvio- que el conocimiento de la historia nos permite comprender mejor nuestra actualidad; pero ojo, muchas veces esto es observado desde una mera evolución cronológica, y pocas como crítica a nuestra historia en curso (aunque se tome un caso fuera de su contextualización espacio-temporal). De ahí mi utilización aquí del concepto de empatía en lugar de otros términos tal vez excesivamente tomados en su literalidad, como el “servir de ejemplo”.

Yendo a lo práctico este año por ejemplo se han hecho innumerables referencias mediáticas al 70 aniversario de la liberación de los campos de concentración nazi al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Viene además al caso también porque ésta es una de esas pocas efemérides que pone de acuerdo a la mayoría de los medios: nadie cuestiona la barbarie hitleriana y sus repercusiones sobre la conciencia occidental. Unos han destacado Auschwitz como la representación máxima del horror; otros han recordado que fueron muchos los que se abrieron por Europa, no solo en Alemania; y otros han preferido tirar de imagenes, que a veces son más que reveladoras. Ahora bien, para mí lo más llamativo como historiador y educador ha sido como nadie ha planteado que el horror de los campos de concentración no solo es algo que pudiera repetirse, sino que es algo que existe, tal cual, hoy.

Bajo mi punto de vista un historiador, y ni que decir tiene si ese historiador además tiene en sus manos el papel de educador, debe ser militante. Y cuidado, no refiero que debe militar desde su conocimiento de la historia; sino militar en la historia. Militar obviamente no significa defender una posición histórica, puesto que ésta solo tiene sentido en su momento. Lo difícil en historia es no convertirlo todo en historia del presente, sino en una lección crítica que nos da nuestro pasado. Es inútil desde la historia, como ocurre con frecuencia por ejemplo cuando se trata la Guerra Civil española, querer ganarla tras haberla perdido, tanto como querer vencer de nuevo.

He comprobado desde distintas materias y niveles educativos cómo los jóvenes a quienes se les presenta el por qué, las funciones, métodos y consecuencias de la sistematización de los campos de concentración nazi como vía para la opresión de distintos colectivos –sobre todo, como se sabe, de judíos-, no deja indiferente a nadie y, por lo general, crea una fuerza de conexión hacia el oprimido que torna las caras del alumnado de la estupefacción al horror, de la incredulidad a la rebeldía. Pero claro, yo ahora planteo: si me quedo -nos quedamos- ahí, ¿saben qué lección les estamos dando? Pues aunque no lo crean la conciencia de nuestros jóvenes es, de modo muy simplificado, la siguiente: «esos nazis estaban pero que muy mal; menos mal que ya pasó». ¿Ya pasó? Y no crean que mi pregunta pasa por aludir al neonazismo aún latente en algunos movimientos y grupos en el mundo, no, eso es cuasi anecdótico cuando planteas que el horror de los campos de concentración sigue vigente; el verdadero fondo de la cuestión sigue vigente. ¿Qué cara creen que se le queda a ese alumnado que cree que esto formar parte del pasado cuando les haces ver que hoy en los laogai se reprime al modo nazi?.

La “reforma a través del trabajo” (“El trabajo os hará libres” rezaba la entrada de Auschwitz) o “sistema laogai”, son los campos de concentración abiertos por Mao a mediados del siglo pasado y que siguen en funcionamiento ahora mismo en la República Popular China. Algunos de los datos extraoficionales –obviamente- que se poseen revelan que hay aún en torno a 1.000 centros, por los que han pasado desde 1949 en torno a 45.000.000 de personas; actualmente se calcula que habrán 4.000.000 de encarcelados, todos por la vía política o administrativa; y sobre el 40% están sentenciados a más de cincos años de reclusión, cadena perpetua o pena de muerte.

¿Qué es pues hacer pedagogía militante en historia?; ¿explicar que los nazis fueron una parte de nuestro pasado histórico europeo detestable?, o ¿que tras aquellos hechos el mundo sigue aplicando el horror del totalitarismo desde vías similares? Creo que es inútil horrorizarse recordando el hecho, tal y como hacen los medios, si no se hace una historia crítica del presente avanzado ya el siglo XXI. Y repito: hacer una historia crítica no significa querer volver a ganar la II Guerra Mundial por parte de unos, o convencer de las supuestas razones que tenían otros. Sin la pedagogía que apunto, la historia en la docencia es inútil.

Pero aún hay una razón más: ¿qué predican si no los nuevos modelos educativos?; ¿cómo se establecen las competencias que debe tener el alumnado en Historia sino es a través de los ojos de la actualidad?; ¿cómo generar curiosidad, ánimo por aprender y aprendizaje si no es precisamente desde esa conexión con nuestra realidad?

Seguiremos con el ejemplo asiático, paralelizado ahora con la historia de España. No hay profesor que hable del franquismo y no tenga a bien citar los Noticiarios-Documentales como modelo de propaganda del sistema. Además es un ejemplo que, aunque al alumno le puede ser muy difícil ponderar en importancia por la multiplicación de los media en la actualidad, si es efectivo para que estos rastreen la manipulación de la realidad a través del discurso oficialista de un régimen autoritario. De igual modo, y yendo a la comparación, hablar del NO-DO sin más, es tan inútil didácticamente como hacerlo del nazismo; ¿dónde empatiza con nuestra realidad análoga? Qué mejor que visualizar los cortes propagandísticos que la R.P. China cuelga en su canal de Youtube, para determinar que la manipulación política no solo existe en los medios, sino que sigue existiendo de manera estatalizada. Esa es la verdadera pedagogía de la historia, el sentido crítico que nos hace observar la lectura implacable del hoy.

Explicado desde la práctica de una clase, y de un examen. Las conmemoraciones y recordatorios de los puntos álgidos de la historia en los media, ¿puede contribuir a que un alumno pueda saber algo relacionado con el nazismo plausiblemente propio de un examen de hechos sobre historia? Sí. Pero, un alumno con un 10 en ese examen, ¿implica que es capaz de reconocer en los modos de actuar de un gobernante actual, o un Estado, unas pautas de actuación tendentes al totalitarismo? Obviamente, no. Este paso implica algo más allá, implica no solo conocer la historia, sino militar en ella y, ahora sí, aprender de aquello plausible tanto como de aquello rechazable que nos dejó el más pretérito de los tiempos.

A. Mechó (@ArsMetallica)

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